Semillas

BY joan No comments

La sociedad y la escuela no marcan ritmos iguales de evolución, mientras la primera evoluciona a una velocidad de vértigo, la escuela necesita procesos y ritmos más lentos para su evolución. Ejemplo ya desgastado es aquel que explica que si pusiéramos en la máquina del tiempo a una persona y la enviásemos a una escuela y a un hospital de hace 40 años, en el hospital nuestro visitante se perdería y alucinaría, mientras que en la escuela en muchos casos pocos cambios percibiría. 
Este ejemplo un tanto exagerado, nos puede servir para afirmar que el colectivo que nos dedicamos a la enseñanza necesitamos un tiempo bastante largo para digerir los cambios y los retos que la evolución social nos exige. Esto se traduce en unos malos resultados académicos palpables, en una desmotivación alta y en un pasotismo general hacia todo lo referente a la escuela por parte, en primer lugar de los propios alumnos, también de muchos padres que por tiempo o por importarles demasiado tiran la toalla y porqué no decirlo de muchos maestros que convierten esta profesión en poco más que una recompensa económica. 
No quiero hacer un alegato pesimista de la situación no quiero ser el abogado del apocalipsis educativo, sólo quiero hacer un llamamiento a intentar cambiar la situación. Las escuelas concertadas, sin entrar al trapo sobre el debate cansino de que si tienen dinero, de que si tienen recursos etc etc (debate intenso, necesario pero pocas veces bien realizado) han hecho desde hace algunos años una apuesta por el cambio. A mi entender la Escuela Montserrat fue la primera en introducir las inteligencias múltiples como base de su proyecto y últimamente los jesuitas y los escolapios han incorporado unos proyectos que abarcan cambios metodológicos que repercuten en agrupaciones de alumnos, cambios de estructuras físicas etc. Cambiar o modificar el currículo adaptándolo a las exigencias de la sociedad actual y poner en el centro del aprendizaje al alumno. 

        No me interesa hoy hablar de estos proyectos, me interesa hablar de la semilla que origina este nuevo campo de plantas y flores, del sembrador y del agua necesaria para que esta semilla crezca y florezca en su máximo resplandor:


         La semilla sería aquel grupo de gente, un claustro, un equipo de reflexión, unos profesores inquietos, que dándose cuenta del panorama actual: investigan, leen, acuden a conferencias, estudian otros proyectos, visitan otras escuelas y después de todo esto analizan a sus alumnos y determinan qué necesidades hay y qué herramientas se pueden utilizar para ello. Es una tarea larga que se supone que es consensuada por un grupo de gente que aportan sus opiniones y establecen un marco general. La tierra donde plantar la semilla, es lo más importante, no vale cualquier tierra para cualquier semilla, no todas las semillas pueden cultivarse en la misma tierra. 
     La tierra serían los alumnos, los padres, las familias, es inviable pensar que todos los proyectos son válidos para todos los alumnos, es utópico pensar que Finlandia es igual que nuestro país, o que en una misma ciudad es lo mismo educar en un barrio que en otro. Cualquier agricultor tiene claro que sembrar y dónde hacerlo. 
     Después de sembrar lo más importante es ir regando la planta, cuidarla, el agua y las manos seriamos los docentes. Para ser un buen agricultor hay que conocer la tierra, hay que saber que se ha sembrado, cada cuanto hay que regar, qué se ha de podar… las semillas son muchas y variadas.
    Un buen docente ha de saber todo esto, un buen docente ha de conocer a sus alumnos, ha de saber que no todos son iguales, que la evaluación ha de ser individual , que el aprendizaje ha de ser significativo…
   Y aquí radica el nucleo central de lo quiero decir en este artículo:  Por mucho que una semilla impresionante se plante en tierra buena, por mucho que una pedagogía sea la bomba, por mucho que un grupo de expertos nos bombardee por tierra y aire sobre la necesidad de cambiar el paradigma de la clase, sino somos los propios maestros quienes creemos en ello, esto no irá a ninguna parte. No ha de ser la idea de unos la que cambie la educación, sino la creencia de todos la que cambie el sistema educativo. 
  
     Pienso, en mi humilde opinión, que es urgente que la mayoría de escuelas hagamos este ejercicio de reflexión: Queremos plantar una nueva semilla? Pero finalmente nos queda el tiempo, un tiempo con doble connotación: Ya que hablamos del campo, desgraciadamente por mucho que sembremos la semilla en buena tierra y la reguemos y la cuidemos, hay elementos que no controlamos que pueden echar por tierra nuestra siembra (sequía, tormentas…) Y también tiempo en el sentido real: ¿De dónde sacamos tiempo para dedicar a reflexionar sobre qué semilla queremos plantar? Como maestros hemos de ser consciente que nuestra fiabilidad no es absoluta y que estamos condenados a poder sufrir fracasos.
   No pongo en duda querido lector, que quizás como tu escuela no es tan mediática como las citadas anteriormente, vuestro proyecto educativo sea igual o más innovador y que seguramente ya seas un nuevo jardín del planeta solar educativo, en este caso te pido perdón y te pido por favor que lo compartas (lo necesito ) Si aún te encuentras en el campo seco, lleno de polvo y malas hierbas te animo a tambíen compartirlo, a levantar la voz, a ser capaz de coger las tijeras y hacer limpieza y sobretodo a ser agua. Ánimo

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