No hay que ser fareros

BY joan No comments

       Según la amiga que lo sabe todo (la querida Wikipèdia) un faro es una torre de señalización luminosa situada en el litoral marítimo, como referencia y aviso costero para navegantes. Esta construcción ya está documentada y ya existía desde antes incluso que los griegos y los romanos surcaran nuestros mares. 
Actualmente los modernos sistemas de navegación por satélite, como el GPS, han quitado importancia a los faros aunque siguen siendo de alguna utilidad (seguridad) para la navegación nocturna ya que permite la verificación del posicionamiento en la carta de navegación. 


   Dejadme que , os justifique porqué he querido comenzar este breve reflexión educativa haciendo referencias marítimas:
A mediados del siglo pasado la figura del maestro, por lo que he leído o he escuchado o he visto en ciertos documentales era una figura muy respetada, era una persona que sabía todo de todo. 
Era la fuente de sabiduría para cualquier niño o niña. Era una enciclopedia con patas era el sabio o sabia del lugar.  Era el faro que iluminaba el único camino que tenía que llevar el niño para llegar al único conocimiento.
Este modelo con el paso de los años fue cambiando, desde ese modelo de profesor que sabe de todo y hace de todo, se pasó a finales de los 90 a las especialidades, que sí especialista de educación física, que si de música, inglés… 
Ahora actualmente se quiere volver a tender que los niños a primeras edades de infantil y primaria, necesitan un referente, no cuatro cinco maestros diferentes que pueden provocar que el alumno esté disperso o no tenga un referente claro y el apego emocional que pueda tener con su educador sea más provechoso y trascendente. 
En principio, no me parece mal la idea, entiendo que no es lo mismo dar clases a niños de seis años que a jóvenes de catorce, entiendo que un niño o niña pequeña si ve pasar por clase cada día cuatro o cinco maestros diferentes pueda llegar a desorientarse o a no relacionarse de manera correcta con alguno de esos docentes que sólo ve dos o tres veces durante la semana como mucho. 

Pero lo realmente importante de todo, esto lo que verdaderamente hemos de priorizar en nuestro sistema educativo, no creo que sea la especialización o no en ciertas asignaturas sino que creo que hemos de cambiar radicalmente es la idea de que un profesor/a sabe de todo y sabe hacer todo. Pienso que en pleno siglo XXI hemos de priorizar las capacidades para saber buscar y ACOMPAÑAR no que el maestro o maestra sea clave de conocimiento para encontrar la sabiduría. 
Los docentes del siglo XXI, los docentes que queremos ser verdaderamente significativos para nuestros alumnos, los docentes que queremos dar al aprendizaje el sentido que pertoca: hemos de procurar dejar de ser meta para ser camino. 
Y en esa clave hay que ser honestos y reconocer ante el alumno y ante la sociedad que un maestro no sabe de todo y tampoco sabe hacerlo todo. Hay que reconocer y argumentar que en pleno siglo XXI estamos ante la generación de la construcción de saberes, que un maestro crezca con sus alumnos es sano, es positivo y es necesario. 

Sumergidos de lleno en la era de las comunicaciones, en la era del conocimiento en un click, parece absurdo que insistamos en llenar nuestras programaciones, nuestras clases y nuestras evaluaciones de contenidos, parece de risa y totalmente fuera de lugar que la función del docente sea de farero, que seamos el único referente que tengan los alumnos para conocer. 
Los educadores hemos de tener unas habilidades especiales, hemos de estar preparados para afrontar este cambio de paradigma, hemos de saber guiar a los alumnos, pero no fuera de su mar de dudas, pero no fuera de su proceso de crecimiento, hemos de dejar de estar fuera de la superficie, cómodamente en nuestro faro bien calentitos, y hemos de mojarnos con ellos dentro de la tempestad, dentro de la tormenta. 
Deberíamos estar preparados para dar una mano y guiarlos, orientarlos, no mostrarles el camino sino ir por el camino con ellos. Esto supone un cambio de paradigma importante, un cambio que según qué docentes va costar de asumir, un cambio que en algunas escuelas y algunos claustros puede suponer una gran revolución.

¿Pero a caso nuestros alumnos, nuestra generación de pequeños no lo está pidiendo a gritos?

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